Martina
A las dos y menos tres me ha llamado Martina. Estaba muy exaltada, hablando de sus sueños, del esposo, gritando que la segunda esposa es ella y mucho más. Logré tranquilizarla para que me explicará bien, qué era eso que tanto le lastima.
Y es que, Martina es medio complicada, a veces pienso que la menopausia se le ha adelantado o quizá soy yo la que, a mi edad, le ha perdido un poco la paciencia.
– A ver, a ver... empieza a contarme bien, ¿qué fue lo que pasó? –le dije, interrumpiendo su discurso que parecía interferencia de radio a mis oídos.
– Lo soñé. Me vi ahí enfrente de Dios Padre, con todo y mi bata blanca brillosa y las nubes alrededor. Envuelta en ese manto de gloria... estaba él, mi marido... y ella... la primera esposa. ¿Entiendes? ¡La europea con la que se casó hace más de treinta años!
– ¿Y cómo sabes que era ella si nunca la conociste?
– Porque preguntó... le preguntaron: "En la eternidad, ¿con quién la vas a pasar?". Me morí, morí... – empezó a sollozar desconsoladamente, muy desconsolada, porque la verdad no le consolé ni un poco.
– Estás viva, Martina...
– ¡Noooo! – gritó con un dolor agudo –. Me morí ahí mismo, cuando el desgraciado eligió quedarse con ella, con la rubia de ojos azul cielo, la guapa, la que medía uno y setenta y tantos...
– Es un sueño, Martina – continúe –. A veces, tenemos sueños así, soñamos con lo que más nos inquieta.
– Me dijo que la amaba, ¿sabes? Me dijo: "Yo amaba tanto a mi esposa..". Me lo contó con un tono tan melancólico... A mí jamás nadie me ha dicho "Te amo", así, con tanto cariño y eso me tiene tan mal. No sé porque me preocupa tanto, es decir, soy su esposa... pero... ¿acaso a mí no me ama?
– ¿Y tú lo amas?...
– Sí... es decir, bueno... Es mi segundo esposo, sí. Pero, yo no podría decir eso de... ya sabes quién. Yo no podría decir: "amaba a mi esposo..." Porque no fue así. Y me tiene tan mal todo. No sé si lo que me tiene mal es saber que la amaba o saber que a mi jamás me han amado como él la amo.
Las palabras de Martina tan seguras y tan dolidas, me hicieron pensar en mi propia situación. Resonando más de lo que puedo admitir, terminé pensando en mi propia historia. Y es que, en realidad eso del amor es para mi como un acertijo al que no me atrevo entrar. Y mientras más escucho y conozco las historias de mis amigas, menos ganas me dan de entrar a ese juego de supervivencia llamado amor.
Es difícil opinar de algo que uno no conoce de fondo o que uno no puede sentir como lo sienten los demás.
– Deja que se vaya a la eternidad con quien quiera, Martina, así tendrás una eternidad de soltería bien merecida, sin atender señores ni preocuparte más que por ti – le dije, confiando en no ser demasiado fría.
– Me falta amor propio, ¿verdad?
– Podría ser. Es lo que siempre dicen por todos lados. Sin embargo, también es bueno sentir el amor de alguien más. Saber que nos aman, así como dices.
A lo lejos se escuchó la voz de Ignacio, el esposo de Martina. Le escuché el "ya llegué" y el beso en la mejilla. Le preguntó con quién hablaba y ella le respondió con mi nombre. En seguida una risa y un saludo.
– Tengo que irme, vamos a salir a cenar –me dijo antes de colgar.
Comentarios
Publicar un comentario