En tu boda


   
  La recamara era un caos total. El desorden y la ropa se amontonaban por todos lados. Zapatos altos fuera de sus cajas, el maquillaje disperso entre el tocador y los muebles de descanso. 
 Una mujer graciosa, de mediana estatura, con piernas demasiado largas y una delgadez que casi negaba la existencia de una cintura, peleaba por entrar en una faja. Suspiró, dio unos saltitos y  terminó recostándose en la cama para lograr subir la cremallera. 
   Esto se va ver muy mal si se nota en el vestido, pensó. 
  Se puso el vestido con la misma dificultad y caminó victoriosa hasta el espejo. 
  – El vestido de la venganza - dijo ante su reflejo –, como el de LadyDi. 
  Su vestido negro le quedaba muy bien. De hombros desnudos y ceñido, con una caída que se abría con naturalidad. Se miró girando en todo los ángulos, evaluándose. Luego se acercó de nuevo al espejo y se dijo: 
   – Vamos a ver como nos va. 
  Llegó tarde a la misa, pero fue lo suficientemente precavida como para no entrar llamando la atención, como quien quiere gritar que se opone a la boda.  Aún así fue abordada por una enorme mujer que vestía elegantemente con aires de agente y una diadema de audífono. Al parecer, la organizadora. 
  – ¿Es del novio o de la novia? – le preguntó con igual solemnidad. 
   Sintió el impulso de responder: Fui del novio, pero ya ve, una termina de dama o de invitada... y no de honor, solo la invitada. Pero, en su lugar abrió la boca y dejó salir un: 
   – E-el  novi..
  – Evidente – interrumpió la organizadora, mientras la jalaba hacía la izquierda y le hacía el gesto de silencio. 
  Casi a fuerza fue sentada en una banca alejada del altar, justo donde apenas veía o era vista. 
  Ahí, frente al altar, los alcanzó a ver. Él, con sus treinta y cuarenta. Con sus manos en las de ella. Él, jurándose a una mujer, a la elegida.  No era solo una boda, era el último adiós a un buen amante, a un buen amigo. 


   – Es que simplemente no puedo lastimar a Ami – dijo en tono risueño, moviendo el palillo dentro de un plato de mal sushi. 
   – No tienes que convencerme de eso, a mí – respondió ella, cansada de escucharle hablar de ella, como siempre y como habían sido los últimos meses desde que se formalizó esa relación. 
  Lo vio sonreír levemente mientras decía que no intentaba convencer a nadie. Aunque parecía lo contrario. 
   Ella sabía que aquella amistad, a esas alturas, era incómoda. Después de diez años siendo amigos y de haber sobrevivido a ser amantes, lo cual ya debería contar como un logro emocional en la vida de ambos, despedirse así tenía algo de triste y era bastante innecesario como escucharle hablar de su ahora prometida. Ella simplemente se había quedado ahí, porque así se dió, sin forzar ni reprochar el pasado.
   – No te preocupes, Javier – dijo con calma–. Me voy a ir despacio, ni cuenta vas a darte. Vas a estar bien. 
   Javier dejó los palillos a un lado, se recargo en el sofá y la miro por un largo rato, como si quisiera decir algo más amable. Más no dijo nada. Solo hizo la mueca de sonrisa tan común para comunicarse entre ellos, esa que lo decía todo sin palabras. 
   Aún así, la invitó a su boda. 

   – ¿Quieres un pañuelo, bonita? –le preguntó un hombre, sentado a su lado en la banca de la iglesia. 
  – Va –respondió, tomando el pañuelo y secando cuidadosamente las lágrimas, porque la coherencia nunca ha sido obligatoria. 
    – Eres de las del club, ¿eh? –añadió el hombre con picardía. 
  Ella hizo un gesto de confusión, mientras aquel desconocido que parecía saber más que nadie una verdad, le señalaba, una a una, a varias mujeres jóvenes que, con discreción variable, también se secaban las lágrimas. Algunas con más dignidad que otras. 
   – Tenía grandes amistades –sonrió el desconocido. 
  – No lo dudo, siempre fue... servicial –dijo ella, marcando la palabra con precisión quirúrgica. 
   El desconocido soltó una risa que tuvo que contener con las manos cuando notó que varias personas giraban a verlo. 
   – Me gusta mucho tu vestido – le susurró, a media campanada de la consagración. 

   La ceremonia terminó. La gente comenzó a moverse, a felicitar, a ocupar su lugar en la escena. Ella se quedó un momento más. Lo vió sonreír. Observó como tomaba de la mano a la novia, como si no hubiera nada antes ni después. Justo y perfecto, como tantas veces le habían contado en las historias de hadas y en las escenas de película. Ese amor que por un instante parece indestructible y eterno.   
     En fin. Lo vio feliz. Y no pasó nada. 
    Salió con todos. Alguien le puso arroz en la mano y lo lanzó al aire cuando los demás lo hicieron. Sonrió cuando alguien tomó fotos. Hizo todo bien. Exactamente como se esperaba de alguien que ya no importa. 
   – ¿Terminaste? –preguntó el desconocido, ofreciéndole el brazo. 
   Ella lo miró por un instante, como adivinando el fin de la historia. Asintió. 
    Antes de dar el primer paso, volvió a mirar al frente. Lo suficiente. Luego se giro. 
      Tomó el nuevo brazo con naturalidad y comenzó a caminar hacia la salida, mientras los invitados exclamaban cautivados el momento en que los novios elevaban al cielo un globo de cantoya, el final perfecto.
         Se fue sin prisa. 
         Sin despedirse.
     Como se va, lo que ya terminó. 
    
















  
   



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